by Victoria Forsmark

Dr. Giada Biasetti’s Course SPAN 3300/4300, Augusta University

Other short stories by Dr. Biasetti’s Spanish & Composition Class will be included in our upcoming, amazing project, to be distributed free of charges to schools.

El paseo en el coche era muy aburrido el día que salimos. Pasábamos mucho por el campo de Ucrania en junio de 2010, pero cada vez que lo veía no me interesaba porque parecía lo mismo. Los árboles eran los mismos dependiendo de las estaciones, las vacas también y por supuesto el camino viejo tenía demasiados baches que nadie se preocupaba para repararlo, pues siempre teníamos una rueda de repuesto por si acaso. Los baches y mi coche ruidoso no me permitían dormir para ningunas de las ocho horas que manejábamos. Nunca me había gustado la playa, y mi madre lo sabía.

“Vamos a la playa este junio,” me dijo mi madre un día de abril.

“¡Ay, mamá! ¿Por qué? Sabes que no me gusta la playa,” le dije. No quería pasar otra semana, como cada año, en una playa.

Dotsya (una palabra linda en ucraniano para “hija”), ¡sabes que a mí me encanta la playa! Por favor, no hagas un gran problema de este como cada año.”

“Pero…”

“Pienso que este año, es posible que te guste la playa a la que vamos,” ella me dijo con una sonrisa.

“Lo dudo.”

He ido a muchas playas en Ucrania, América y América Latina y cada vez no me gustaba, todas eran las mismas. La arena está atascada entre los dedos del pie, en el pelo, en el traje del baño, y en lugares que prefiero no mencionar. El sol es demasiado fuerte y casi cada año me quemo al sol. Los niños corretean en todas partes y demasiado cerca de mi – siempre me patean la arena. Hay muchas razones, pero no hay bastante tiempo o papel para escribir todo y no quiero parecer negativa e infantil.

Hacia la última hora del viaje en el coche, pienso que estaba perdida en un ensueño. Con mis ojos todavía cerrados, estaba esperando que el viaje terminara pronto, pregunté a todos “¿cuantas horas tenemos más?” Mi madre me dijo “casi allí… ¡dotsya, mira!” No sabía por que ella estaba tan emocionada, pues levanté la cabeza y abrí los ojos. Lo que vi fue algo que solo había visto en las revistas de viaje. Manejábamos cerca del borde de un acantilado, tan cerca que solamente haciendo tres pasos, caeríamos. Y más lejos vi el amanecer sobre el agua. Era tan bonito. El agua era un color precioso, en particular con el amarillo y el anaranjado del amanecer.

“¿Dónde vamos?”

“Verás, dotsya.”

La respuesta era un poco rara, pero no me importaba porque la vista fuera de la ventana me cautivaba.

Cuando teníamos solo treinta minutos hasta la playa, vimos muchos caballos salvajes en los campos. Eran tan magníficos cuando levantaban la cabeza para mirar hacía nuestro coche, me recordaron el amor y la pasión para los caballos que tenía cuando era una niña.

“¿Podemos volver para mirar a los caballos, mamá?”

“Sí, dotsya, yo sé de tu amor para los animales.”

Cuando llegamos al destino, pienso que la emoción aumentó dentro de mí, porque no tuve ninguna vacilación a salir del coche. El aire era más fresco que alguna otra playa a que había ido, oí los pájaros, las olas, el relincho de los caballos en la distancia, y todo me pareció tan bonito, algo que nunca había sentido en una playa antes. Pero cuando me di vuelta a mirar el agua, solo vi el acantilado y el agua era lejana.

“¿Qué es eso, mamá? Pensaba que íbamos a la playa.”

“Sí, vamos a la playa, justo no estamos allí todavía,” ella me dijo y empezó a bajar en el acantilado.

“¡¿Qué haces?!”

“¡Sígueme!”

La seguí a descender el acantilado y veía a mis pies cada segundo por el paisaje accidentado. Hubo momentos en que casi me caí, pero me agarré. Lo más abajo que yo descendía lo más oía las olas. Por fin, cuando sentí una salpicadura en mi cara, levanté la cabeza y vi el agua.

La playa era algo a donde nunca había ido antes. Era una playa agreste, sin gente, solo mi madre e yo. No había arena, el Mar Negro era conocido por sus playas de rocas y conchas. También era conocido por su agua tan bonita, clara, y flotante, algo que me gustaba y me interesaba mucho. La playa agreste que encontramos estaba rodeada por las rocas que parecían levantar al cielo, y parecía como nuestra propia salida del mundo.

La primera cosa que hice fue tocar el agua. Era muy fría pero no me importaba porque cuando miré mas lejos, podía ver todo, las rocas, los peces, las medusas, todo. El agua era tan, tan, tan, clara.

Pienso que nadar entre las medusas y mirar a los caballos fue mi pasatiempo favorito del viaje. Tenía un poco de miedo a nadar con las medusas, pero, a las cinco o seis de la tarde, cuando el sol empezaba a desaparecer detrás del horizonte, las medusas eran unas de las más bonitas que veía. Algunas se iluminaron de varios colores, y una que recuerdo vívidamente se parecía como una lanza y tenía rayas con muchos colores.

Los caballos eran magníficos, me parecían los animales más bonitos. Escalamos por el acantilado el día final del viaje, empacamos el coche, y caminamos a mirar a los caballos. Establecemos un picnic juntos, y pasamos algunas horas mirando los caballos, sintiendo la brisa del mar y el aire claro, y hablando del viaje.

“¿Te gustó la playa?” me preguntó.

“¡Sí! ¿Vamos a volver el próximo año?” Nunca hubiera pensado que diría algo así.

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